Reflexion breve

"La gran mayoria de las personas que he conocido que se dedican a los juegos de guerra históricos, no tienen veleidades militaristas, no ensalzan la violencia y, salvo algún despistado, tampoco se consideran historiadores amateurs. Pero casi todos admiran el valor de los guerreros y los soldados de un pasado al que prefieren ver como mas heroico y glorioso que este prosaico presente y a casi todos les gustan muchisimo los uniformes, las formaciones y las maniobras en el lúdico campo de batalla pues saben que todas las bajas regresan sanas y salvas a su caja o a su vitrina a la espera del proximo encuentro." Me parecio un buen comentario para compartirlo con todos, que proviene de un blog amigo http://juegosdehistoria.blogspot.com/



sábado, 18 de febrero de 2012

Arículo sobre los jugadores de wargames de Perez Reverte

Esta nota la leí hace unos años, y le perdí al rastro, pero gracias al nuevo blog de wargamez y al aporte de nap acá se las dejo:

Hay un brillo inquietante en sus ojos cuando acuden cada sábado a la
cita. Llegan uno tras otro, casi furtivamente, con sus cajas y reglamentos bajo
el brazo, como los miembros de una cofradía clandestina, dispuestos a poner
patas arriba la Historia. Algunos son tipos tímidos, solitarios. En apariencia,
incapaces de matar una mosca.
Pero fíate y no corras. Bajo su aspecto gris ocultan un corazón de tigre, y
cada fin de semana deciden sobre la vida y la muerte de miles de seres humanos.
Saben de heroísmo, y de coraje; y de encajar impávidos los azares del destino y
de la guerra, tal vez más que muchos de esos militares de verdad que a veces se
cruzan por la calle, con su uniforme y sus medallas que a ellos les hacen
sonreír disimulada, esquinadamente, con mueca de viejos veteranos.
Los jugadores de los llamados wargames o juegos de guerra de salón nada
tienen que ver con el militarismo, o las ideologías. Del mismo modo que unos
juegan al tenis, otros al póker, y otros a la herencia de Tía Ágata, los
aficionados al asunto, que es una especie de ajedrez pero a lo bestia,
reproducen sobre tableros, con las fichas apropiadas, situaciones estratégicas o
tácticas de la Historia; y basándose en complicados reglamentos, intentan darle
las suyas y las de un bombero a Rommel, por ejemplo, en El Alamein; o compartir
gloria con Napoleón en Austerlitz; o dar la vuelta a la tortilla haciéndole la
puñeta a Aníbal en Tresino, Trebia, Trasimeno y Cannas. La forma usual es un
terreno reproducido en detalle sobre grandes tableros, y allí, con piezas,
soldaditos de plomo o fichas adecuadas, se desarrollan los acontecimientos
históricos y sus variantes, en largas operaciones de un realismo asombroso que
llegan a durar horas, e incluso días.
Como masones, los adictos al género intercambian informaciones, reglamentos,
experiencias. Hay especialidades, por supuesto: artistas del combate táctico a
nivel de pelotón, capaces de batirse casa por casa durante días en los
alrededores de la fábrica de tractores de Stalingrado, y genios de la logística
que llevan tercios a Flandes por el camino español de la Valtelina entre las
diez de la mañana y las ocho de la tarde de un mismo día. A algunos les gusta
reunirse en grupos, haciéndose cargo cada uno de un bando, o un cuerpo de
ejército, o de una simple unidad de infantería; y otros prefieren habérselas de
tú a tú con el tablero, o con la pantalla del ordenador, que facilita el juego a
solateras. En cuanto a sexo, predomina el masculino; aunque no faltan
excepciones, como la novia de mi amigo Miguel -el hombre que más cargas de
caballería ha ordenado en la historia de la Humanidad- , que es una moza dulce y
apacible hasta que el fin de semana, ante el tablero, se convierte en una
despiadada y lúcida táctica, capaz de cañonearse peñol a peñol con el Victory, o
putear al general Dupont en Despeñaperros hasta que el maldito gabacho pide
cuartel y misericordia.Son la leche. Cuando los ves descargar adrenalina en
sus excitantes aventuras finisemanales, compruebas asombrado cómo se transforman
ante el tablero para compensar otra vida a menudo monótona, tal vez
insustancial. De pronto, inclinados sobre los hexágonos del mapa, considerando
los factores de movimiento entre Washington y Gettysburg o la potencia de fuego
de una división Panzer en los campos embarrados de Smolensko, les aflora toda la
seguridad, toda la pasión, todas las cualidades buenas o malas reprimidas en el
día a día: abnegación, buen juicio, crueldad, rapidez, egoísmo, iniciativa,
sacrificio. Y comprendes que resulta imposible saber lo que cada ser humano,
incluso el de apariencia más torpe, bondadosa, malvada o gris, atesora en su
corazón o su cabeza.
Y además, comprendo el placer personal intenso, fascinante, de hacerle
trampas a la Historia. De romperle los cuernos a Bismarck en Sedán, o destrozar
los cuadros escoceses en Waterloo. O volver a la oficina el lunes por la mañana
y dirigirle al imbécil de tu jefe una sonrisa enigmática que él nunca entenderá,
ignorante del momento de gloria infinita que viviste a las tres de la madrugada
de ayer, cuando, tras doce horas de combate, encendiste con mano temblorosa un
cigarrillo para contemplar desde el alcázar del Santísima Trinidad, entre los
mástiles derribados y los pasamanos hechos astillas, como ardía la escuadra
inglesa frente al cabo Trafalgar.
Arturo Pérez Reverte, El Semanal, 1996
(Este artículo está incluido en el libro “Patente de corso”, de
Ed.Alfaguara, 1998)